Sobre la imprudencia, la responsabilidad y el infortunio

Transcurridas más de veinticuatro horas del accidente de tren en la localidad catalana de Castelldefels, la opinión pública española continúa sobrecogida. De momento se han contabilizado trece víctimas mortales (de las que a sólo nueve se les ha podido dar nombre, en el momento de redactar estas líneas), mientras se espera que no se amplíe la fatídica lista con los catorce heridos.
Pese a que en los primeros momentos todo juicio de valor debería dejarse a un lado y mostrar sólo respeto por los familiares, los comentarios al respecto en los diversos medios de comunicación han sido ingentes. La gran mayoría de estas opiniones, emitiendo sentencias: la culpa es de la seguridad, de la red de transportes, de la mala visualización, de la estrechez del paso a nivel, incluso… del maquinista (yo sólo puedo pensar ¡pobre hombre!).
Quizá sea duro lo que voy a expresar a continuación, pero a mi entender, la responsabilidad última recae sobre las víctimas. Evidentemente, han pagado su imprudencia, y del modo más atroz. Pero estas treinta personas arriesgaron su vida al decidir (decidir, un ejercicio que exige madurez y que no siempre acompaña) libremente cruzar las vías del tren desatendiendo todo raciocinio, pues la lógica indica que sólo debe hacerse por los cauces apropiados (la misma lógica que aconseja cruzar la carretera cuando el semáforo está en verde).
He leído opiniones que clamaban por el uso de vallas en las estaciones de tren, de autobús, de… Vallar, prohibir, cercar. Como si de borregos o animales nos tomaran. Con todos mis respetos al mundo salvaje, considero que existe una pequeña diferencia entre el común de los mortales –humanos- y un dulce corderito. Yo puedo pensar, medir las consecuencias, establecer balances y en consecuencia decidir mis actos. Quizá la ovejita que da imagen a una conocida marca de suavizante, no. Por eso no me parece mal que el pastor, toda vez que concluye con el paseo de su rebaño, tenga a bien de “guardarlas” y las cerque. Pero, a mí no, por favor. Déjenme pensar, y libremente decidir.
Naturalmente, que mi libertad exige un mínimo de responsabilidad por mi parte. Estas treinta malogradas personas no fueron responsables, cometieron una enorme imprudencia al cruzar por donde no debían, sin entrar a cuestionar, como también se ha dicho, si iban o no pasados de alcohol, u otras cuestiones más trascendentales como es que existe una crisis de valores y de educación que compete a los nuevos modelos familiares (ello exigiría otra nueva entrada, o probablemente más de una).
Además de esa irresponsabilidad y de esa imprudencia, el infortunio, la mala suerte, el momento justo en el lugar inadecuado, hizo el resto. Cinco minutos más tarde, probablemente ningún tren habría pasado y ahora no estaríamos con la piel de gallina y con el corazón sobrecogido.
Fuerza y resignación a los allegados. DEP.